Forges

Forges

 

Estas son algunas de las cosas que me han ocurrido las dos últimas semanas:

Me han insultado, escupido (digitalmente) y denigrado mi trabajo.

He acudido a la presentación de un pedazo de proyecto en el que tengo el honor de participar como colaboradora, en una empresita que tal vez conozcáis alguno: TELEFÓNICA (oh yeah!. Este es el proyecto: Talentum Empleo)

He llorado a oscuras, en solitario, lágrimas de rabia y decepción. He pasado dos noches casi enteras en vela de preocupación y ansiedad.

Me han propuesto participar en un webinario que seguro será súper ameno y divertido con gente a la que aprecio y admiro mucho (este, por si os apetece verlo: Cibermaratón Marca Personal)

Hemos pasado un sustazo familiar que por un momento nos paró el corazón – pero gracias a Dios, *evoluciona favorablemente*

Me han ofrecido por primera vez un dinero muy interesante por mis palabras escritas.

Me ha fallado una persona importante en un momento en que necesitaba su ayuda.

Me han ofrecido participar en un libro, escribir para ellos y hacer un webinario conjunto una empresa muy potente que es la última con la que yo esperaría colaborar. Sorpresas te da la vida. (No te voy a decir aún quienes son. Ya lo verás 😉

Dos semanas laborales, 14 días de montaña rusa. ¿Quieres aprender de inteligencia emocional? hazte emprendedor.

Y en realidad he endulzado la lista, porque inicialmente iba a contarte sólo la parte amarga.

Mucha gente desde la atalaya de su éxito escribe libros y artículos sobre las dificultades y los errores de llegar hasta ahí. Y está bien. Pero yo, que aún no estoy en ninguna atalaya pero sí en pleno sufrimiento del día a día, te digo que “dificultad” es un eufemismo para decir: cristales rotos por los que te tienes que arrastrar para llegar donde quieres.

Hace tiempo que me di cuenta que cuando hablan de las dificultades y de las decisiones difíciles, no te terminan de contar las cosas como realmente son. Te cuentan versiones políticamente correctas. Te cuentan lo que estás dispuesto a escuchar.

Porque en realidad, la gente no quiere ver la sangre, no quiere saber exactamente lo que supone conseguir lo que quieres. Y mucho menos, hacerlo.

Si yo te cuento que cada vez que saco un producto a la venta tengo que borrar una media de 15 comentarios que me hacen públicamente del tipo:

Qué poca vergüenza tienes, aprovecharte de la gente desempleada

Qué morro tienes. Deberías cobrar 100€ máximo y GARANTIZAR a la gente que les vas a conseguir un trabajo si de verdad quieres ayudar

“estoy hasta los *** de charlatanes y vendehumos que se aprovechan de la debilidad de la gente”

(Todos comentarios reales). ¿Qué te parece?

Uno muy *detalloso* me llamó “choni deslenguada y oportunista”. Vale, este es posible que fuera un trol.

Y a esos comentarios, súmale los “me gusta” que van generosamente esparciendo otras amables personas.

Yo soy la primera que me quejo de las patéticas condiciones que nos imponen hacienda y seguridad social a los que nos decidimos a emprender. Pero muchas más cornás da la gente cuando después de años preparándote, de meses y meses y meses (y meses y meses) de trabajar sin ingresar ni un duro para lograr más experiencia, más conocimiento, más nivel profesional; cuando después de año y medio preparando un producto, incurriendo en miles y miles (y miles) de euros de gastos, dándole mil vueltas para que sea perfecto, añadiendo, mejorando, eliminando, puliendo, testeando…

… por fin das a luz a un producto que sabes que es la caña, que sabes que puede cambiar mucho la vida de la gente, con el que mucha gente ya ha logrado resultados, que sabes que puede marcar un antes y un después en la vida de los profesionales, que sabes la carga de cariño, de ilusión, de dedicación que has metido dentro… y vienen una serie de personas y le escupen en la cara, sin miramientos, sin la más mínima consideración por la persona -el emprendedor- que lo ha dado a luz y que se ha dejado la piel en el camino.

Esto no te lo cuenta nadie. Y esto es muy jodido.

Como tampoco te cuentan que cuando estás en el ojo del huracán del emprendimiento, con mil frentes abiertos, con enormes expectativas y penosos resultados, cuando tienes que dar un 859% de ti para que aquello tire, tienes que tomar decisiones muy desagradables y muy poco populares.

Un ejemplo: yo he reducido a una minimísima lista a la gente cuyas llamadas contesto y con la que me relaciono. Mi vida social es mínima. Los eventos a los que asisto son mínimos.

Y no voy a entrar en la cantidad de veces que mi pitufa adorable (6 años), me dice “mami juega conmigo” y yo le contesto “No, mami tiene que trabajar“. Se me hace una úlcera sangrante cada vez.

Muchos, en cambio, que no paran de quejarse del horror que es su trabajo, todos los días hablan varias veces con su madre, con sus hermanos, se mandan mensajes con sus 15 amigas, salen a desayunar su media horita diaria y se echan unas risas con los compañeros, hacen planes todas las semanas, quedan a comer con fulanito y menganita, mantienen largas conversaciones telefónicas a diario…

Y siguen en ese trabajo horrible, porque el precio de cambiarlo, son los cristales rotos y no están dispuestos a pagarlo. 

Es que esto a la gente no le gusta saberlo. No le gusta saber que cuando quieres algo, tienes que tomar decisiones muy jodidas.

No de las de “Hay que ser perseverante”, “Si te caes 7 veces, levántate 8” “Hay que ser resiliente” y similares que son las políticamente correctas.

 

Nos encanta la morcilla, pero no queremos saber cómo se hace.

 

Por eso lo que nos cuentan son las respuestas pre-grabadas, políticamente correctas. No nos cuentan de verdad lo que supone llegar a tener éxito a cierto nivel.

Y así nos pasa, que queremos tener un trabajo coj**udo, queremos cobrar buen dinero, pero cuando llega el momento de arrastrarse por encima de los cristales rotos… reculamos, y volvemos a tirar de los portales de empleo.

Que ponerte a hacer contactos para conseguir algo a medio plazo es un petardo. Que ponerme a investigar las empresas, el mercado, ir a eventos o quedar con gente que no conozco, me da una pereza que me mata.

Que invertir dinero en que alguien que ya ha pasado por esto y sabe cómo lograr resultados, te lo enseñe (véase Aprende a Venderte, permítame que insista), es tirar el dinero.

Mejor espero a que mejoren las cosas, a que la mitad de la población activa se mude al país de Nunca Jamás, a que se me cruce un unicornio y la ley de la atracción me aparque mi propio Maserati Gran Cabrio MC Centennial Edition en la puerta.

Y así pasa un mes más y otro mes más. Y otro. Y otro. Y qué divertido es el juego de los portales de empleo, verdad? Es como si estuvieras jugando a las tragaperras…

Lo que no sabes es que las máquinas están trucadas. Que la banca siempre gana. Que no hay premio.

Que si quieres algo, tienes que pasar por cristales rotos.

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